El peligro de haber crecido con Disney

dama-y-vagabundoSiempre supuse que el final de La dama y el vagabundo no funcionaba bien, no era lógico ni bonito ni final feliz. ¿Quién no recuerda ese beso al final de un espagueti? Una conquista como otra cualquiera, ¿verdad? Sólo que para llegar a ese punto, ha sido golfo quien ha tenido que rescatar a Reinita, que es una cursi sin ninguna capacidad para la vida porque ha vivido siempre encerrada. Golfo trata de salvarla, pero no de la perrera; una de las escenas más bonitas del cine animado es cuando miran el horizonte y él le dice:

¿Ves Reina? Todo un mundo esperándonos, todo un mundo para nosotros.

(O algo similar, mi memoria nunca fue tan fiel a la realidad en cuanto a citar se refiere.)

¿No es algo precioso? Se encuentran, se enamoran y tienen un mundo entero para ellos.

Pero ella, presa de su propia educación, decide que hay que volver y, al final de la película, están en casa, sin conocer el mundo, con un montón de hijos y Golfo con un collar.

Él fue a salvarla, a enseñarle el mundo y acaban los dos con collar.

Y esa es la infancia con la que nos hemos criado los niños que crecimos en los 90s. Y después, ahí estábamos, las mujeres de mi generación, en plena adolescencia, los que fuimos niños nacidos a finales de los 80s, creyendo que el amor ideal era el imposible entre un vampiro y una humana a punto de morir a cada instante, que el sufrimiento dignifica porque, además y sobre todo, el sufrimiento y el conflicto siempre conducen a un final feliz.

Quizá ahí haya alguna explicación lógica a esta proliferación de relaciones tóxicas con la que convivimos.

Porque, además, las mujeres que crecimos con Disney y tratamos de madurar con vampiros brillantes, exigíamos ese tipo de relación enfermiza a los hombres. Y si alguno se atrevía a decirnos que el mundo está esperándonos, entonces, queríamos ponerle un collar.

Este debe ser un nuevo catolicismo de nuestros días: la religión del amor. Ya no hay un dios castigador ni un infierno con el que asustarnos cuando pecamos; ya no nos flagelamos en Semana Santa por la redención de nuestros pecados.

La superstición y el sufrimiento del mundo moderno es el amor.

¿Cuántos somos capaces de ser libres para amar con la misma libertad?, ¿cuánto nos va a costar despojarnos de la idea de que el amor es sufrimiento, sacrificio y un collar al cuello?

 

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