La infidelidad

Una mujer que ha sido engañada será una mujer engañada el resto de su vida. Digo “mujer” porque es lo que conozco; intuyo que la sicología de un hombre no tendrá gran diferencia. Sea como sea, alguna conexión neuronal cambia y se fractura cuando se conoce de primera mano la infidelidad, cuando deja de ser un concepto abstracto sólo conocido en las películas de Woody Allen. 

Sí, la infidelidad existe. Y aquello, que eran cuentos de intrigas que nunca te iban a pasar, se convierte en parte diaria. 

Al conocerla, incluso, se puede coquetear con la idea de aceptarla. Incluso se puede devolver, se puede jugar a dejar de ser el engañado para comenzar a ser el que engaña. Y es entonces cuando se ve la infidelidad por todas partes, en las que está y en las que no. Y, pese a los esfuerzos de convivir con ella y de aceptarla, no: una infidelidad siempre tendrá consecuencias macabras. 

No hablo, entiéndase, de aquellas relaciones abiertas o polígamas que han sido aceptadas por ambas partes; entiéndase que un pacto entre dos o más personas tiene sus reglas y que en ningún caso podrá denominarse “infidelidad”. 

Una vez hecho este paréntesis que debería ser innecesario ya en nuestra sociedad…

… hablábamos de la infidelidad, la que conlleva traición y mentiras, la que sucede en la sombra y sin consentimiento. Es entonces cuando, al ser descubierta, puede dar decisiones como dejar la relación, perdonar o tratar de aceptarlo. Todas ellas válidas y loables. Pero será importante ser consciente, ser absolutamente consciente y no actuar por inercia o aceptar que tú pareja es infiel sólo porque no te queda otra opción.

¿Quién va a verse en esa tesitura?, preguntan; hay que ser estúpido para que eso te suceda, dicen. Pues, querido juez, te sorprendería la cantidad de estúpidos que son engañados y, aún así, se quedan, tratando de aceptarlo en contra de sí mismos. 

Estar en contra de uno mismo nunca tuvo buenos resultados. 

El autoengaño y la aceptación forzosa nunca llevan a buen lugar. La relación suele terminar, antes o después, y la persona engañada se llena de miedos, grietas y fracturas. Y así es como habita un monstruo dentro de uno mismo con el que hay que luchar frenéticamente. Celos infundados, desconfianzas ridículas. De un modo mucho más superfluo del que debería aparece el fantasma; la mínima expresión puede traer las dudas que son reflejos de lo vivido. 

Qué importante darse cuenta que son terrores nocturnos y lastres del pasado los que acechan, que no son realidades. Qué importante hablar con la nueva pareja y que conozca nuestras debilidades (porque, aunque no fue fácil volver a mostrar debilidades, ha aparecido una persona con la que sí es posible y, además, lo merece). Qué importante saber pedir perdón por cargar a alguien nuevo con los errores de otro, que ese alguien nuevo lo comprenda y te ayude. Qué importante ser consciente uno mismo de que el pasado es una bestia que duerme, pero que tarda mucho tiempo en morir. Qué importante porque una sencilla broma puede ser el crujido que despierte al monstruo y hay que estar preparado para apaciguarlo. Porque una persona que ha sido engañada será una persona engañada el resto de su vida. 

No, esto no es una defensa ni una justificación de los celos; es una defensa del conocimiento de uno mismo; estoy hablando de autoconocimiento y paciencia. 

Estoy hablando del daño de la infidelidad, sobre todo, a uno mismo. 

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